Talampaya, una versión argentina del Cañón del Colorado

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27 Dic , 2014  

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¡Qué lindo es Cuyo! Comenzando en Mendoza, y conociendo San Rafael, Malargüe, subiendo hasta San Juan y dejándonos llevar por el paisaje. El Valle de la Luna en esta última provincia, nos hace creer que ya vimos todo. Pero no. En La Rioja, existe Talampaya. Es algo así como una versión argentina del Cañón del Clorado. Escribo algo así, porque es mucho más hermosa.

Junto con Ischigualasto comparte lo que se denomina cuenca geográfica triásica, conformando una meca en lo que a geología se trata en estas partes del mundo. Rocas de más de cuarenta y cinco millones de años, que conforman un mundo en Talampaya testigo de la formación de otro mundo: el nuestro.

El conjunto de rocas de color rojo parduzco es lo que la hace tan parecida al lugar en Estados Unidos. La erosión de millones de años les dio formas particulares como el Fraile, La Catedral, Tablero de Ajedrez, o los Reyes Magos. Además de todo lo escrito, posee riqueza fósil  muy importante como el Lagosuchus talampayensis, que certifica los inicios del triásico. Este ejemplar fue uno de los primeros en habitar la tierra, hace ni más ni menos que 250 millones de años.

La ciudad ideal para perderse

La Rioja posee paisajes y lugares de todos los gustos. Sin dudas uno de los más importantes es el Parque Nacional Talampaya, con 215.000 ha. Una gorra es lo mejor cuando se visita, ya que el sol agobia y el calor es mucho. Como el frio en la noche. Las lluvias llegan con fuerza en verano como los vientos en primavera, en el lugar donde el clima es continental.

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El accionar de los movimientos tectónicos, más la erosión del agua y el viento en este lugar desértico lo convirtieron en uno de “Patrimonios de la Humanidad” que la UNESCO declaró en nuestro país. Los que hemos podido llegarnos hasta allí, damos fe de eso.

Desde 1975 es una visita obligada en La Rioja, y más cuando las excursiones que se ofrecen son para la Ciudad Perdida y el Cañón del Arco Iris. Antes de llegar, es necesario hablar con los guías, para poder disponer de las camionetas 4×4 que son vitales para llevar a cabo el recorrido. La excursión dura entre 3 y 4 horas, dependiendo las condiciones climáticas.

Las rutas Nacionales 150 y 76 son las que nos llevan hasta este lugar, y allí el río Guabo que la mayoría del año está seco, funciona de una autopista natural. A casi 20 kilómetros, nos topamos con un cráter a ras del suelo, luego de la caminata. La Ciudad Perdida nos sorprende y da la bienvenida, con un diámetro de tres kilómetros. El terreno se direccionó hacia abajo gracias a los movimientos tectónicos, y uno agradece pararse al borde del cráter y ver semejante perspectiva.

El Cañón del Arco iris de por sí justifica el viaje. Sus paredones de colores demuestran el verde del cobre oxidado, el rojo del óxido de hierro, el blanco del yeso, el gris ceniza volcánica, el negro del carbón y el amarillo del azufre. Lugar que parece de un cuento y no desde la tierra, que con sus colores nos llevan de viaje a otro planeta. Pero no, seguimos en el nuestro, seguimos en Talampaya.

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